Este blog esta dedicado al análisis y actualización de temas vinculados a la obra pública
viernes, 5 de marzo de 2010
viernes, 8 de enero de 2010
No hay desarrollo sin una fuerte inversión pública
No hay desarrollo sin una fuerte inversión pública
05-01-2010 /
Débora Giorgi
Ya bien entrado el siglo XXI no debería ser motivo de discusión el hecho de que el mercado es una construcción social. Cada sociedad define qué bienes pasan o no por el mercado, lo regula y lo ordena, y en general lo dirige hacia donde considera que puede contribuir de mejor manera al bienestar de cada uno de sus miembros. Esa definición se hace –con legislación y regulaciones– a través del Estado. No se discute tampoco que el mercado es un buen asignador de recursos, pero que si no se lo controla y complementa sus fallas –que siempre existen– pueden llevar a una distribución de la riqueza injusta y no sustentable. Actuando en un mercado libre las fábricas de la Inglaterra de la época Dickens empleaban niños de menos de 10 años, que trabajaban hasta doce horas diarias. Sin control, las industrias vertían directamente sus efluentes en los ríos y el aire, ya que tales costos eran una “externalidad” que la propia industria no pagaba… como sí lo hacía la sociedad en su conjunto.
Hoy la responsabilidad social empresaria y la conciencia ambiental son políticas firmes de numerosas empresas grandes, medianas y pequeñas; pero lo son, en gran parte, gracias a que el Estado canalizó los reclamos de la sociedad civil en una regulación moderna que permite que los agentes económicos “hagan propios” no sólo los costos directos sino aquellos que su propia acción impone al resto de la sociedad, y que antes consideraban “ajenos”.
Por todo ello, tampoco se discute ya el rol del Estado como ordenador del mercado y actor relevante en el mismo. Es que la asociación del mercado con una “mano invisible” que lleva indefectiblemente a la sociedad hacia su bienestar, independientemente del egoísmo y miopía de los actores económicos que actúan en el mismo, sólo se sostiene en una situación “de laboratorio”, que ni el mismo Adam Smith compartía. En efecto, es ampliamente conocida su frase de que “los empresarios de un mismo sector raramente se reúnen entre ellos, aun por diversión, sin que la conversación derive en una conspiración contra el público o en algún esquema para aumentar los precios”.
INVERSIÓN. Cansa un poco, entonces, escuchar las viejas críticas acerca del “clima de inversión” y de “excesos” en la intervención estatal en la economía, y particularmente contra el nivel de la inversión pública. Es indicativo del bajo nivel de la discusión económica en la Argentina que las críticas a la acción del Gobierno transiten carriles remanidos, comparando un mercado “de probeta” contra las imperfecciones de toda acción pública, y olvidando –o no reconociendo– los numerosos ejemplos mundiales y locales de la eficacia de la inversión pública en lograr la riqueza de las naciones.
Las políticas públicas de fomento de la inversión y de la industria no son –como algunos parecen creer– sólo recetas de países “bananeros” (con todo respeto por los países productores de bananas), o “sojeros”, que no aceptan sus ventajas comparativas estáticas. En la base del actual bienestar de los países hoy desarrollados se encuentran modelos de fuerte intervención pública.
Recordemos cómo salió Estados Unidos de la crisis del ’30. En el paquete de medidas que el recién elegido presidente F. D. Roosevelt logró hacer aprobar al Congreso, en sólo los primeros cien días de su gobierno, se destacaban acciones de fuerte y necesaria intervención estatal.
* La creación de la Federal Emergency Relief Administration, que llegaría a pagar, en forma de subsidios sociales o de salarios en obras de infraestructura pública, más de 3 billones de dólares.
* El establecimiento del Civilian Conservation Coros, donde más de tres millones de jóvenes encontraron trabajo en la construcción de caminos, en tareas forestales y en obras para control de inundaciones. Estas dos agencias se unirían luego en la Works Progress Administration.
La Emergency Banking Act, que proveyó al presidente con los medios para reabrir bancos viables y regular en general la actividad financiera.
La creación de la Tennessee Valley Authority (TVA), ambicioso proyecto para explotar los recursos del mencionado río, con la construcción por parte del gobierno de diques, represas y plantas hidroeléctricas, juntamente con una fuerte planificación territorial de las actividades agrícolas e industriales.
EUROPA Y ASIA. En la Europa de la segunda posguerra los más de u$s13 billones del Plan Marshall, canalizados a través de los gobiernos, se orientaron a reequipar a la industria europea, a establecer fondos para desarrollar nuevas empresas y fortalecer a las existentes. En 1952, cuando terminó el ingreso de fondos americanos, todos los países beligerantes habían crecido por encima de sus niveles de preguerra y la producción europea era un 35% mayor que en 1938. A partir de esa época, Europa inició un proceso de desarrollo que duraría más de dos décadas, y uno de integración que culminaría –como hito– con la adopción de la moneda única en enero de 1999.
Japón, por su lado, se recuperó de la guerra con una fuerte intervención del Estado, con comercio administrado y orientación a la exportación. En este proceso –que generó el período de crecimiento más largo de la historia japonesa– fue clave el rol del Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI, por sus siglas en inglés). Como señalara Chalmers Johnson, el destacado especialista en la economía japonesa, “la particular velocidad, forma y consecuencias del crecimiento japonés no se entenderían sin las contribuciones del MITI”.
Finalmente, en el sudeste asiático, tanto Corea del Sur como Singapur y Taiwán utilizaron la inversión pública en su esfuerzo de reconstrucción luego de la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea. En Corea, por ejemplo, los casi u$s200 millones anuales que ingresaron como ayuda externa durante más de una década se orientaron fuertemente a incrementar la producción industrial, con énfasis en la generación eléctrica y la producción textil y cementera, lo que llevó a que el sector industrial creciera a un promedio de 14% anual por más de cinco años. Si bien estos países recibirían luego una importante corriente de inversión privada extranjera, no es casual que la misma se realizara después de que los respectivos gobiernos invirtieran fuertemente en infraestructura, desde las centrales eléctricas de Corea a las redes de telecomunicaciones de Singapur y los institutos de investigación y los parques industriales de Taiwán.
De modo que asociar en la Argentina la presencia de un Estado fuerte, que toma decisiones en política industrial y que invierte en infraestructura de base con potenciales problemas en el “clima de inversión”, debidos –supuestamente– a la “intervención estatal”, no sólo tiene un tufillo demodé sino que va en contra de la experiencia –no sólo reciente– de países que están a la cabeza de las economías mundiales y que dan mejor bienestar a sus pueblos.
Y van en contra también de la propia realidad argentina. Luego de la profunda crisis de los años 2001–2002, ¿cuál fue la respuesta de la inversión bruta fija argentina? Comparando con otros países que habían sufrido crisis en la segunda mitad de la década de los ’90 (Tailandia, México, Brasil, Rusia, entre otros), la inversión argentina –pública y privada– fue la que más rápidamente se recuperó: cinco años después del pico de la crisis los niveles de inversión estaban un 35% por arriba de los mejores años previos a la crisis, y 208% por arriba del peor momento de ésta. El país mejor colocado, México, estaba 32% arriba del mejor momento precrisis, pero habiendo caído su economía la mitad de lo que cayó la economía argentina. Además, la relación entre inversión y PBI (a precios constantes) se encuentra apenas por debajo –con 23%– del máximo de los últimos sesenta años.
Debe notarse que, con ser la inversión pública la componente de la inversión total que creció más dinámicamente desde 2003 (517%), todavía la inversión privada es casi el 80% de la inversión total. Es decir, para los agoreros de la “estatización de la economía”, el dinamismo inversor argentino está basado en una inversión pública dinámica y estratégica, pero minoritaria, y en una fuerte inversión privada. Los anuncios de inversión privada en 2008 totalizaron u$s16,9 miles de millones; en 2009, u$s14 miles de millones, y sólo en el reciente llamado a acogerse a los beneficios de la ley de promoción industrial se recogieron proyectos por más de 10.000 millones de pesos.
ESTADO. Es que la inversión productiva nacional o extranjera lo que busca para radicarse es la competitividad sistémica en un país: la vinculación entre sanas políticas macroeconómicas y sectoriales, un Estado presente que genere los incentivos adecuados y la oportunidad de participación privada. En ese sentido, la Argentina cumple todas las condiciones: crecimiento macroeconómico, disciplina fiscal, instituciones sólidas, participación privada en la ejecución de las obras de infraestructura públicas, por años postergadas.
Así, la Argentina es atractiva para la inversión productiva: no sólo la inversión extranjera directa se ha mantenido en niveles relevantes (aproximadamente u$s5 mil millones promedio anual), sino que el ahorro doméstico –público y privado– ha sido fuente fundamental del financiamiento. Esto demuestra que si antes los argentinos desconfiaban de su propio país, hoy están dadas las condiciones para invertir y generar riqueza. Nadie crece como ha crecido la Argentina ni ha transitado esta crisis internacional como lo hemos transitado si ello no fuera una realidad.
Por eso es que no debemos volver a viejos debates sino destacar que tanto el Estado como la iniciativa privada tienen su rol en una economía moderna. Porque como el mercado no es perfecto, el Estado debe intervenir para motivar, orientar, incentivar y planificar. Para cerrar con Adam Smith, que seguramente no podrá ser citado como estatista, parte del deber del Estado es promover las “obras públicas” que faciliten el comercio y la actividad productiva en general, actividades sin las cuales no puede generarse ninguna “riqueza de las naciones”.
En eso estamos trabajando para llevar adelante un desarrollo con equidad como lo buscaron y lo buscarán los gobiernos democráticos, independientes de los intereses particulares y responsables de su mandato popular de inclusión y bienestar general.
Débora Giorgi
Ministra de Industria y Turismo de la Nación
10
Fuente: El Argentino
05-01-2010 /
Débora Giorgi
Ya bien entrado el siglo XXI no debería ser motivo de discusión el hecho de que el mercado es una construcción social. Cada sociedad define qué bienes pasan o no por el mercado, lo regula y lo ordena, y en general lo dirige hacia donde considera que puede contribuir de mejor manera al bienestar de cada uno de sus miembros. Esa definición se hace –con legislación y regulaciones– a través del Estado. No se discute tampoco que el mercado es un buen asignador de recursos, pero que si no se lo controla y complementa sus fallas –que siempre existen– pueden llevar a una distribución de la riqueza injusta y no sustentable. Actuando en un mercado libre las fábricas de la Inglaterra de la época Dickens empleaban niños de menos de 10 años, que trabajaban hasta doce horas diarias. Sin control, las industrias vertían directamente sus efluentes en los ríos y el aire, ya que tales costos eran una “externalidad” que la propia industria no pagaba… como sí lo hacía la sociedad en su conjunto.
Hoy la responsabilidad social empresaria y la conciencia ambiental son políticas firmes de numerosas empresas grandes, medianas y pequeñas; pero lo son, en gran parte, gracias a que el Estado canalizó los reclamos de la sociedad civil en una regulación moderna que permite que los agentes económicos “hagan propios” no sólo los costos directos sino aquellos que su propia acción impone al resto de la sociedad, y que antes consideraban “ajenos”.
Por todo ello, tampoco se discute ya el rol del Estado como ordenador del mercado y actor relevante en el mismo. Es que la asociación del mercado con una “mano invisible” que lleva indefectiblemente a la sociedad hacia su bienestar, independientemente del egoísmo y miopía de los actores económicos que actúan en el mismo, sólo se sostiene en una situación “de laboratorio”, que ni el mismo Adam Smith compartía. En efecto, es ampliamente conocida su frase de que “los empresarios de un mismo sector raramente se reúnen entre ellos, aun por diversión, sin que la conversación derive en una conspiración contra el público o en algún esquema para aumentar los precios”.
INVERSIÓN. Cansa un poco, entonces, escuchar las viejas críticas acerca del “clima de inversión” y de “excesos” en la intervención estatal en la economía, y particularmente contra el nivel de la inversión pública. Es indicativo del bajo nivel de la discusión económica en la Argentina que las críticas a la acción del Gobierno transiten carriles remanidos, comparando un mercado “de probeta” contra las imperfecciones de toda acción pública, y olvidando –o no reconociendo– los numerosos ejemplos mundiales y locales de la eficacia de la inversión pública en lograr la riqueza de las naciones.
Las políticas públicas de fomento de la inversión y de la industria no son –como algunos parecen creer– sólo recetas de países “bananeros” (con todo respeto por los países productores de bananas), o “sojeros”, que no aceptan sus ventajas comparativas estáticas. En la base del actual bienestar de los países hoy desarrollados se encuentran modelos de fuerte intervención pública.
Recordemos cómo salió Estados Unidos de la crisis del ’30. En el paquete de medidas que el recién elegido presidente F. D. Roosevelt logró hacer aprobar al Congreso, en sólo los primeros cien días de su gobierno, se destacaban acciones de fuerte y necesaria intervención estatal.
* La creación de la Federal Emergency Relief Administration, que llegaría a pagar, en forma de subsidios sociales o de salarios en obras de infraestructura pública, más de 3 billones de dólares.
* El establecimiento del Civilian Conservation Coros, donde más de tres millones de jóvenes encontraron trabajo en la construcción de caminos, en tareas forestales y en obras para control de inundaciones. Estas dos agencias se unirían luego en la Works Progress Administration.
La Emergency Banking Act, que proveyó al presidente con los medios para reabrir bancos viables y regular en general la actividad financiera.
La creación de la Tennessee Valley Authority (TVA), ambicioso proyecto para explotar los recursos del mencionado río, con la construcción por parte del gobierno de diques, represas y plantas hidroeléctricas, juntamente con una fuerte planificación territorial de las actividades agrícolas e industriales.
EUROPA Y ASIA. En la Europa de la segunda posguerra los más de u$s13 billones del Plan Marshall, canalizados a través de los gobiernos, se orientaron a reequipar a la industria europea, a establecer fondos para desarrollar nuevas empresas y fortalecer a las existentes. En 1952, cuando terminó el ingreso de fondos americanos, todos los países beligerantes habían crecido por encima de sus niveles de preguerra y la producción europea era un 35% mayor que en 1938. A partir de esa época, Europa inició un proceso de desarrollo que duraría más de dos décadas, y uno de integración que culminaría –como hito– con la adopción de la moneda única en enero de 1999.
Japón, por su lado, se recuperó de la guerra con una fuerte intervención del Estado, con comercio administrado y orientación a la exportación. En este proceso –que generó el período de crecimiento más largo de la historia japonesa– fue clave el rol del Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI, por sus siglas en inglés). Como señalara Chalmers Johnson, el destacado especialista en la economía japonesa, “la particular velocidad, forma y consecuencias del crecimiento japonés no se entenderían sin las contribuciones del MITI”.
Finalmente, en el sudeste asiático, tanto Corea del Sur como Singapur y Taiwán utilizaron la inversión pública en su esfuerzo de reconstrucción luego de la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea. En Corea, por ejemplo, los casi u$s200 millones anuales que ingresaron como ayuda externa durante más de una década se orientaron fuertemente a incrementar la producción industrial, con énfasis en la generación eléctrica y la producción textil y cementera, lo que llevó a que el sector industrial creciera a un promedio de 14% anual por más de cinco años. Si bien estos países recibirían luego una importante corriente de inversión privada extranjera, no es casual que la misma se realizara después de que los respectivos gobiernos invirtieran fuertemente en infraestructura, desde las centrales eléctricas de Corea a las redes de telecomunicaciones de Singapur y los institutos de investigación y los parques industriales de Taiwán.
De modo que asociar en la Argentina la presencia de un Estado fuerte, que toma decisiones en política industrial y que invierte en infraestructura de base con potenciales problemas en el “clima de inversión”, debidos –supuestamente– a la “intervención estatal”, no sólo tiene un tufillo demodé sino que va en contra de la experiencia –no sólo reciente– de países que están a la cabeza de las economías mundiales y que dan mejor bienestar a sus pueblos.
Y van en contra también de la propia realidad argentina. Luego de la profunda crisis de los años 2001–2002, ¿cuál fue la respuesta de la inversión bruta fija argentina? Comparando con otros países que habían sufrido crisis en la segunda mitad de la década de los ’90 (Tailandia, México, Brasil, Rusia, entre otros), la inversión argentina –pública y privada– fue la que más rápidamente se recuperó: cinco años después del pico de la crisis los niveles de inversión estaban un 35% por arriba de los mejores años previos a la crisis, y 208% por arriba del peor momento de ésta. El país mejor colocado, México, estaba 32% arriba del mejor momento precrisis, pero habiendo caído su economía la mitad de lo que cayó la economía argentina. Además, la relación entre inversión y PBI (a precios constantes) se encuentra apenas por debajo –con 23%– del máximo de los últimos sesenta años.
Debe notarse que, con ser la inversión pública la componente de la inversión total que creció más dinámicamente desde 2003 (517%), todavía la inversión privada es casi el 80% de la inversión total. Es decir, para los agoreros de la “estatización de la economía”, el dinamismo inversor argentino está basado en una inversión pública dinámica y estratégica, pero minoritaria, y en una fuerte inversión privada. Los anuncios de inversión privada en 2008 totalizaron u$s16,9 miles de millones; en 2009, u$s14 miles de millones, y sólo en el reciente llamado a acogerse a los beneficios de la ley de promoción industrial se recogieron proyectos por más de 10.000 millones de pesos.
ESTADO. Es que la inversión productiva nacional o extranjera lo que busca para radicarse es la competitividad sistémica en un país: la vinculación entre sanas políticas macroeconómicas y sectoriales, un Estado presente que genere los incentivos adecuados y la oportunidad de participación privada. En ese sentido, la Argentina cumple todas las condiciones: crecimiento macroeconómico, disciplina fiscal, instituciones sólidas, participación privada en la ejecución de las obras de infraestructura públicas, por años postergadas.
Así, la Argentina es atractiva para la inversión productiva: no sólo la inversión extranjera directa se ha mantenido en niveles relevantes (aproximadamente u$s5 mil millones promedio anual), sino que el ahorro doméstico –público y privado– ha sido fuente fundamental del financiamiento. Esto demuestra que si antes los argentinos desconfiaban de su propio país, hoy están dadas las condiciones para invertir y generar riqueza. Nadie crece como ha crecido la Argentina ni ha transitado esta crisis internacional como lo hemos transitado si ello no fuera una realidad.
Por eso es que no debemos volver a viejos debates sino destacar que tanto el Estado como la iniciativa privada tienen su rol en una economía moderna. Porque como el mercado no es perfecto, el Estado debe intervenir para motivar, orientar, incentivar y planificar. Para cerrar con Adam Smith, que seguramente no podrá ser citado como estatista, parte del deber del Estado es promover las “obras públicas” que faciliten el comercio y la actividad productiva en general, actividades sin las cuales no puede generarse ninguna “riqueza de las naciones”.
En eso estamos trabajando para llevar adelante un desarrollo con equidad como lo buscaron y lo buscarán los gobiernos democráticos, independientes de los intereses particulares y responsables de su mandato popular de inclusión y bienestar general.
Débora Giorgi
Ministra de Industria y Turismo de la Nación
10
Fuente: El Argentino
domingo, 8 de noviembre de 2009
La obra pública tiene su foro
Este foro nacion en Usuahia, por eso se llama faro, como el faro del fin del mundo pretende iluminar sobre temas donde no hay claridad suficiente. Es un espacio para intercambiar ideas, participar, plantear dudas, exponer experiencia e inquietudes y buscar entre todos respuestas a las muchas preguntas que surgen diariamente a los que de un modo u otro se vinculan a la obra pública
La dirección del foro es http//:farodelaobrapublica.yuku.com
Sólo tienen que registrarse en www.yuku.com y ya pueden participar en el foro
La dirección del foro es http//:farodelaobrapublica.yuku.com
Sólo tienen que registrarse en www.yuku.com y ya pueden participar en el foro
Inversión pública y participación ciudadana
“Una verdadera sociedad democrática es aquella en que todos y cada uno de sus ciudadanos poseen voz y capacidad de influir en los procesos de toma de decisiones. Esto implica, por una parte, contar con una sociedad civil capaz de canalizar adecuadamente las inquietudes y necesidades ciudadanas. Y, por otra, promover un tipo de Estado democrático que acoja adecuada y eficientemente esas necesidades en sus diseños de política pública”. Programa de Gobierno de Michelle Bachelet.
Cuando las personas participan de una iniciativa o proyecto, lo hacen parte de sí, la gente logra identificarse con el proyecto de mejor manera, cuidando lo logrado a través de ellos, como son por ejemplo: los espacios, la infraestructura y los programas públicos.
Debe considerarse la participación ciudadana como un elemento central en la formulación de políticas, programas y proyectos, fomentando la creación de organizaciones, redes y tejidos sociales, que aumenten la capacidad de los ciudadanos, así como también de los grupos sociales, para gestionar sus propios asuntos e intervenir en la negociación con el sector público.
La existencia de espacios de participación, lejos de debilitar al Estado y su funcionamiento, contribuyen a la legitimación del mismo, aumentando la eficacia de su desempeño.
La participación ciudadana, apunta a instalar mecanismos formales de interlocución entre los distintos niveles del Estado y los ciudadanos, de modo tal, que estos últimos, progresivamente, puedan influir en las distintas fases implicadas en los procesos de toma de decisiones -diseño, ejecución y seguimiento- y así, ejercer un control social sobre las políticas públicas.
Las experiencias demuestran que en materia de inversión pública los procesos participativos se deben impulsar en las primeras etapas de una decisión de inversión y que dicho proceso, debe implicar y asegurar la posibilidad de influir en la toma de decisiones, reduciendo así la incertidumbre y la preocupación
Se entiende por mecanismos de participación ciudadana, el desarrollo de Planes de Participación, que contemplen las estrategias y las herramientas necesarias para asegurar la inclusión de los actores involucrados y la utilización de las herramientas participativas adecuadas, con el propósito de asegurar el aporte real a la toma de decisiones.
Considerar en forma efectiva para toma de decisión en las etapas de identificación, comparación y selección de alternativas, los aportes que la comunidad y otros actores públicos y privados realizan, respecto a la descripción de las condiciones territoriales, ambientales y sociales que podrían verse afectadas.
Ampliar la visión hacia una mirada de largo plazo, incorporando progresivamente instrumentos estratégicos que apoyen la toma de decisiones, como es, por ejemplo, la Evaluación Ambiental Estratégica.
La División de Organizaciones Sociales (DOS), entidad dependiente del Ministerio Secretaría General de Gobierno de Chile y encargada de la implementación y coordinación de la política pública de participación ciudadana, distingue cuatro modalidades de participación
i) Informativa que tiene como finalidad informar a los destinatarios de la iniciativa pública ;
ii) Consultiva que tiene como objetivo preguntar a los destinatarios sobre alguna cuestión relevante de las iniciativas públicas;
iii) Gestionaria (que involucra a los destinatarios en la decisión, ya que se les considera como co-gestores para dar respuestas a situaciones determinadas);
iv) De empoderamiento donde los ciudadanos se apropian de las iniciativas y de las políticas públicas y se supone un ejercicio de control social sobre ellas, adquiriendo un rol preponderante en la toma de decisiones; promoviendo temas relacionados a la iniciativa.
En materia de inversión públicas iniciativas que se postulen deben contemplar, al menos, procesos participativos de tipo consultivo. para cualquiera de las etapas del ciclo de vida de los proyectos(idea, perfil, pre-factibilidad, factibilidad, diseño, construcción y operación) y que constituye la “ruta de navegación” que permite abordar la participación de los diferentes actores involucrados.
Extraído del "Manual de Participación Ciudadana para iniciativas del MInisterio de Obras Públicas" de Chile
Obra Pública como enfoque de género
“La gestión de infraestructura está orientada hacia las personas por lo que es de gran relevancia considerar las necesidades de hombres y mujeres al diseñar proyectos, así como el impacto ambiental que éstas producen en su calidad de vida”.
“Los proyectos de obras públicas deben tener en cuenta las necesidades y el confort de los usuarios y las usuarias.”
Bajo esta premisa se están desarrollando directivas en Chile para que los proyectos de obra pública no sólo cumplan con las ordenanzas y reglamentos sino que contemplen a las “usuarias”.
Las normas de los reglamentos y códigos de edificación no consideran en general la armonía de diseño y su colorido que impactan en una mejor calidad de vida de los usuarios y usuarias de las obras.
Este los criterios que se utilizan en el enfoque de género de los proyectos de obra pública se destacan los siguientes:
- Contemplar la posibilidad de indicar en el proyecto del edificio, un espacio destinado al amamantamiento para las mujeres que tengan la posibilidad de hacerlo en horas de oficina. Este espacio deberá estar en el primer nivel para permitir el fácil acceso de personas externas y deberá contar con un mudador para bebes.
- En las perspectivas publicitarias del proyecto deberá hacerse una selección de imágenes que incluyan “funcionarias” tanto como de “funcionarios” con objeto de dejar un impacto visual de equidad en el uso del edificio.
- Debe realizarse un evento de “participación” para dar a conocer el proyecto de arquitectura a todos los usuarios y usuarias del edificio mostrando sus beneficios y permitiendo la opinión en decisiones tales como alternativas de amoblamiento, alhajamiento y colores ambientales.
- Incluir en las especificaciones técnicas de diseño que los colores ambientales de los recintos serán consultados y aprobados por los usuarios y usuarias, dentro de una gama previamente seleccionada y acorde al destino del edificio.
- Revisar que los planos de detalles correspondientes a los baños de mujeres consideren todos los accesorios. (perchas, secador de manos, jabonera líquida, dispensadores de papel higiénico) e incluirlos en las especificaciones técnicas.
- Considerar la factibilidad de incorporar un mueble adosado, con casilleros con llave en el interior de los servicios higiénico de mujeres.
- Elegir materiales de pavimentos que no sufran deterioro que pueda causar accidentes.
- En veredas y caminos peatonales, seleccionar materiales sin juntas que causen accidentes al utilizar un calzado de tacones finos.
- La señalética de los estacionamientos, debe contemplar espacios (uno o dos) destinados para mujeres embarazadas, así como para discapacitados.
- Deberá realizarse un evento de “participación” al término del diseño para dar a conocer el edificio a todos los usuarios y usuarias del edificio mostrando sus beneficios y permitiendo la opinión en decisiones tales como alternativas de jardinería, alhajamiento y/o colores ambientales entre alternativas debidamente estudiadas previamente.
- Incluir en las especificaciones técnicas de obra, que los colores han sido previamente presentados y aprobados por los usuarios y usuarias.
- Seguir recomendaciones de mobiliario ergonométrico, incluyen sillas ergonométricas destinadas a mujeres embarazadas, en cantidad proporcional al número de mujeres funcionarias
- Debe considerarse la inclusión de plantas ornamentales en los halles de acceso a los Servicios.
- Las áreas consideradas de secretaria y espera, podrán contemplar la provisión de perchas
- Se considerará la factibilidad de incluir en recintos de trabajo, muebles con llave para guardado de ropa y especies valoradas (hombres y mujeres).
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